El cuerpo


La experiencia concreta del cuerpo ajeno, no la del cuerpo

abstracto o anatómico-fisiológico, es ordinariamente la de un cuerpo vestido”.

“El cuerpo como objeto de estudio ha sido centro de interesantes estudios, sin embargo hay un hecho no siempre atendido por estas investigaciones y es el hecho evidente de que nuestra relación con el cuerpo, tanto propio como ajeno, nunca se restringe a la de un puro cuerpo, si por tal se entiende algo así como un simple cuerpo natural.

“El cuerpo de nuestra vivencia dista mucho de presentarse bajo las formas taxonómicas de una cabeza, tronco, extremidades, sistema respiratorio, digestivo… La verdad es que la experiencia del cuerpo no es nunca la de meras partes inconexas, sino de una totalidad esencialmente integrada al mundo. Así como, estrictamente, nunca aprehendemos una mano, sino una mano dinámicamente integrada a la totalidad corporal, así tampoco aprehendemos un cuerpo escindido de una situación: la mano es siempre, por ejemplo, un conjunto cuerpo-mano-vaso-comedor. Es desde esta totalidad mundanizada que debe interpretarse nuestra experiencia con el cuerpo”.

“Pero es precisamente esta fidelidad a un cuerpo mundanizado, la que nos obliga a atenderlo en toda su efectiva y concreta presencia: El cuerpo de nuestra experiencia común no es nunca la de un cuerpo puramente natural, sino sobre todo – y primordialmente – la de un cuerpo cultivado. Esta concepción del cuerpo como objeto de cultura  – en el sentido fuerte del colere (cuidar) latino – implica trascender una interpretación de éste como una realidad simplemente dada”.

“El cuerpo, si atendemos con rigor a nuestra experiencia cotidiana, es siempre un cuerpo transformado a través del cultivo. A los actos incluso más propiamente naturales, se les sobreañade, por así decirlo, determinaciones y modos inexplicables en virtud de procesos y funciones puramente biológicas. Los modos y maneras de comportarse con el cuerpo, inducidos a través de largos procesos de aprendizaje y educación, constituyen la forma habitual de asumir el cuerpo propio y el cuerpo ajeno. La mano que señala o niega, el ojo que guiña, el puño que se cierra en signo de agresión, los dedos que aprietan en testimonio de amistad, o las piernas que se cruzan con compostura, son todas formas de un corporalidad insumida en cultura y artificio. Tal pareciera, como si el cuerpo puramente natural no pudiese sino quedar relegado a ser un simple sustrato de un cuerpo producido…”.

Un abrazo

Inés Güell

Referencias

Simmel, Georg, Cultura Femenina, Ediciones Austral, página 124.

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