la mujer

El erotismo del corazón


El “erotismo del corazón” consiste en la búsqueda de la unidad, rota por la discontinuidad, mediante la pasión amorosa. Es también, por supuesto, “la búsqueda de un imposible”, de allí que “lo que distingue la pasión es un halo de muerte”.

Se trata de unirse al ser amado. Se necesita tanto ser (amado), que es el único puente posible para salir de la angustiante soledad del ser humano, que ante la sola idea de perderle surge el fantasma de la muerte como una realidad imperiosa: el objeto amado (la amada, el amado) es la imaginaria unidad buscada, y su ausencia marca la discontinuidad insuperable, la evidencia del ser solo, que a su vez, en retorno, agudiza hasta el límite el deseo de muerte.

Sin el amado la vida no vale la pena de ser vivida y es preferible morir: el amado es el común denominador que vuelve imaginariamente omnímodo al paciente-sufriente del deseo que a través de la pasión amorosa surge como deseo de vida mientras que es en realidad voluntad de muerte.

El erotismo religioso (salvo Nietzsche, ¿quién ha visto como Bataille lo oculto detrás de los términos más prestigiosos de la jerga filosófica o teológica?) está también ungido al desenfreno de las poses y de los actos sangrientos.

El “muero porque no muero”, así como el desenfado de los gestos de las vírgenes en toda la iconografía religiosa, y los cuchillos de sílex abriendo miles de pechos exaltados por la posibilidad de ofrendarse, o copas de vino y hostias que insisten sobre la historia con la pasión y muerte del mismo dios, no son sino los éxtasis de un movimiento trágico, de horror y sangre, recorriendo un trayecto que se extiende desde el homínido primitivo hasta las grandes civilizaciones actuales.

El sacrificio implica la muerte de la víctima (lo que es igual a la destrucción de un objeto) y la participación de 11 los asistentes en un elemento sagrado: “Lo sagrado es justamente la continuidad del ser” que se revela (en un rito sangriento) mediante la muerte de un ser discontinuo, dice Bataille. En el fondo se rompe, mediante la violencia, una “discontinuidad”. “

La experiencia mística, en la medida en que tenemos fuerza de esperar una ruptura de nuestra discontinuidad, introduce en nosotros el sentimiento de la continuidad”. Y repite: “lo que está en juego en el erotismo es siempre una disolución de las formas constituidas”

Referencias: Georges Bataille, Breve historia del erotismo.

 

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