Tantra en Barcelona

El Sexo Sentido, por Jordi Clotas, Cap. 8


Cap. 8: Fluir, sólo fluir

-Preferiría con eyaculación, ¿no?

-Como prefieras, Jan

Hombres…. Nacen con ese estigma biológico que es la necesidad de dominación en el sexo. A muchos les puede esa responsabilidad, y el miedo escénico le juega a su erección una mala pasada. Nosotras lo tenemos mejor para fingir el orgasmo. El mundo del porno nos ha legado un extenso catálogo de gestos, gritos y aspavientos histriónicos para que se sientan triunfadores, y un lubricante colocado en el momento oportuno se encarga del resto. Pero ellos no. Se lo juegan todo a la carta de ponérseles dura. Es parte de ese legado, coitocéntrico y falocrático de nuestros ancestros. Al final, no son más que primates educados en una sofisticación antinatural, a contracorriente de su instinto. Pocos son los que escogen un masaje Lingam sin orgasmo, se reservan la eyaculación para otra ocasión, y disfrutan de esa expansión de placer que es un orgasmo postergado. En ese caso, su serpiente kundalini se daría un paseo desde el perineo hasta el resto de chakra y la energía sexual colonizaría todo el cuerpo, excitando los sentidos hasta la plenitud y el autoconocimiento erótico. Pero para ellos, en general,  todo eso no es más que bobadas mitologicas. Entre quienes lo prueban, muchos acaban confesando en la siguiente sesión que prefieren la modalidad más simple, la de toda la (su) vida, a irse “con dolor de huevos”. Literalmente. Claro, llano y directo. Entonces sonrío, acepto, y me dejo fluir hasta que los fluidos hablen y aplaudan el éxtasis por el que el cliente decide estar pagando.

“Cierra los ojos”. Son tremendamente visuales. El voyerismo es parte de su estrategia de excitación, como lo es el beso y el manoseo sin delicadeza de la vagina. Cuando les niegas esos tres mitos de su concepto de interacción sexual, ellos experimentan un cortocircuito que cuesta remontar. Hay que tener talento y habilidad para hacer apetecible una comida a la que le niegas la sal y un par de condimentos más, considerados básicos por el gourmet erótico. Pero ese es el camino del masaje Tantra. ¿Para el resto? Un prostíbulo o un local de masajes “con final feliz”.

Masajeo sus pies. El pene continúa flácido, inerte, como si la cosa no fuese con él. Es el emperador de las zonas erógenas masculinas. Cuesta explicarles que el mayor órgano sexual del cuerpo humano es la piel. Para ellos son bobadas, literatura y misticismo, hasta que asciendo hacia los muslos, y rozo, al pasar por las ingles y como sin querer, su escroto. Les fascina la idea del error de cálculo, del fallo en el guion, de haber arañado algo prohibido hasta ese momento. Y entonces la sangre circula hacia su miembro, y se endurece, se eleva, desafía las leyes de la gravedad y la respiración envía al corazón órdenes de tambor desenfrenado y taquicardia. Su vello se eriza. Abren los ojos, buscando la debilidad de la masajista, incitarla a caer en sus redes de seducción y hacer saltar por los aires las normas. Pero eso no ocurre, y entonces la ansiedad de la prohibición se torna también energía erótica. El masaje tántrico tiene esas cosas: es un zigzag entre la relajación y la excitación, como en esos balnearios donde, tras bañarte en aguas muy calientes, atraviesas un pasillo en el que caen desde el techo minúsculos trozos de hielo.

Me pongo de espaldas a él. Toma mis pechos, besa mis nalgas y juguetea con la tirilla de la tanga. No puede. No debe, pero por ahí dejo escapar un par de silbidos a su olla a presión antes de que explote. Si no fuese por la tanga, las lenguas buscarían su lugar natural en la coreografía de la copulación. Respira cada vez más agitado. Gimotea. Lanza un corto lamento… y explota. Entonces sí, todo fluye, de su interior al exterior. Balbucea. Le acaricio el rostro y le doy un casto beso en la frente. Él sonríe, entre satisfecho y avergonzado. Pero su rostro es de felicidad.

 

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