El sexo sentido, por Jordi Clotas, Cap.10


Cap. 10: El huevo de Pandora

Lo peor de este oficio es ese momento en el que los pacientes entran en bucle. Han estado evitando respuestas concisas, mareando la perdiz, macerando evasivas… y justo cuando queda un minuto para finalizar la sesión se iluminan y se animan a sincerarse. Al paciente Francás, además, le gusta escucharse. Ha repetido en varias ocasiones la misma frase. Con el tiempo aprendes que en esa frase suele estar el inicio del problema, y que su traducción en negativo contiene la verdad, como en los mecanismos de inversión de los sueños según San Sigmund. “No tengo ningún problema con Debi. Al contrario…” Me pregunto quién es Debi. Por ahora solo sé que comparte su vida con un hombre perdido en un laberinto de confusión. Es tarde.

-Debi…

-Continuaremos el próximo día. La sesión ha terminado. El jueves que viene a las siete de la tarde, ¿le va bien?

-No lo sé. Creo que sí. Llamaré en cualquier caso para confirmarlo. De momento no apunte nada.

En ese momento sé que el señor Francás ha venido dos veces: la primera y la última. Paga en efectivo y se despide con un ambiguo “hasta la próxima” que interpreto como un “hasta nunca”.

Me espero cinco minutos. No quiero encontrarme en la calle con él, camino del parquin. Me entretengo mirando el whatsapp y me llama la atención un mensaje de Freddy, que no suele últimamente prodigarse para evitar preguntas comprometidas sobre dónde está ni con quién. Lo abro y encuentro una imagen que me revuelve el estómago. Es una foto de un huevo con un aborto de pollito dentro y al pie un comentario estúpido: “Hoy cenamos huevo frito con pollo jajajaja”. De regreso a casa, con la imagen del animal dentro de la cáscara y a medio hacer, me impregna un sudor frío y unas incomprensibles ganas de llorar. Tengo que parar el coche, bajo la ventanilla y acabo saliendo fuera urgentemente antes de que un par de arcadas me dejen el coche perdido. Pero tengo el estómago vacío. Cuatro convulsiones preceden a un grito histérico y a un llanto que no puedo detener. ¿Por qué no intenté volver a quedarme embarazada? Y con esa pregunta, yendo y viniendo como un péndulo, me planto en casa, respiro hondo, y me decido a abrir la puerta. Dentro me espera Freddy.

-¿Has visto la foto? ¡Qué fuerte! ¡Lo he guardado hasta que llegaras! ¡No lo había visto nunca!

-Tíralo. No quiero verlo. Me da asco

No me gusta llorar delante de Freddy. Su escasa inteligencia emocional lo deja sin reacción ante mis lágrimas, con cara de bobalicón. A veces creo que mi debilidad le excita. Es una parafilia habitual entre los hombres llamada dacrilagnia, pura erótica de poder. Les retorna la sensación de dominio primitivo, y pretenden atajar el llanto femenino con un buen polvo. Esta vez no es ninguna excepción. Me tumba en el sofá. Odio mi olor a sudor, pero a él no parece importarle demasiado. Me alza en volandas y me lleva hacia la habitación. Me siento esclava de mi falta de aplomo para decir “no”, hasta que al paso por la cocina veo el huevo al lado de la encimera y, entonces sí, vomito. Freddy se queda pasmado, limpiando la bilis de su camisa. “¿Qué haces?”, grita. No puedo responder, la asfixia no me deja articular ni una palabra y retomo mi llanto como forma de expresión, hasta que consigo calmarme. De repente, Freddy se transforma ante mí en un ser extraño, como una legión de infinitos defectos reptando sobre un esqueleto muerto.

-No aguanto más, Freddy. Recoge tus cosas, por favor. Quiero que te marches. ¡Ahora!

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