Tantra en Barcelona

Prendas íntimas, por Renato d´Herblay


Soy muy coqueta y me encantan los “trapos”, como se suele decir coloquialmente. Acababa de cobrar un trabajo para una revista especializada y el pago había sido muy generoso. De modo que esa tarde me dirigí a mi tienda de lencería preferida con la idea de comprarme un conjunto bien sexy.

Tenía bastante dinero y estaba dispuesta a aprovecharlo. Digo esto porque la tienda en cuestión era muy cara, hecho justificado por la extraordinaria calidad de sus piezas, destinadas a satisfacer los más refinados gustos de las clientas.

La tienda, pequeña y discreta, tenía probadores en los que podías disfrutar de todo confort. Amplios, con unos banquitos super cómodos y espejos de cuerpo entero. A esto se añadía un detalle especial: una de las paredes estaba acolchada, de modo que pudieras verte en el espejo sin la incomodidad de estar apoyada en una pared convencional o de pie sin apoyo alguno. Las mujeres con gustos afines a los míos sabrán apreciar el detalle de poder moverte suavemente sobre una superficie acogedora.

Otro detalle de agradecer era que ninguna vendedora se te acercaba, a no ser que la llamases. Estuve escogiendo distintos modelos para llevarlos al probador. Las prendas eran de un algodón hindú excelente con un 5% de lycra a fin de que ajustaran al milímetro. En cuanto a la talla, siempre recuerdo el consejo que, siendo adolescente, me dio una vendedora muy amable y muy experta: “Anie, en abrigos una talla más y en prendas íntimas, si es posible, media talla por debajo”. Precisamente esa tienda ofrecía a su clientela el “medio punto”; es decir que las tallas correlativas no eran, por ejemplo, 38-39, sino 38-38.5-39.

Ya en el probador —cuya temperatura, de más está decir, era perfecta— me desnudé y me quité las sandalias (las prendas íntimas siempre hay que valorarlas descalza). Me fui probando los diferentes modelos, disfrutando de sus formas y colores y también, ¿por qué ocultarlo?, de mi cuerpo.

Al fin, después de un buen rato, me decidí por unas bragas negras y un sujetador del mismo tono. El negro realza mis encantos. Me miré una vez más, di unos pasos de baile y al girar pegué, literalmente, un salto, mientras sentía que el corazón se desbocaba.

¿Cómo diablos había entrado si siempre cuido de cerrar por dentro? Por un instante pensé que era presa de una alucinación; no podía creer en mis sentidos. Pero no, no alucinaba, era un ser de carne y hueso que me miraba, simplemente me miraba sin decir una palabra.

Como entre bastidores, me asaltó el recuerdo de una compañera de instituto, que era como un doble de la empleada. Emma (se llamaba así) era un personaje insustancial; figura menuda, cabellos rubios pajizos, ojos azul claro acuoso, la piel de una palidez casi enfermiza y el rostro totalmente lavado. Nunca, que yo supiera, tuvo si quiera un atisbo de relación amorosa. Y pensar en una posible relación sexual, tratándose de ella, era casi un oxímoron. Cuando terminamos el último curso previo a la universidad, mientras yo bebía un whisky, se acerco a mí y, con los ojos bajos, me confesó que un chico quería salir con ella (no pude evitar una risa interior pensando en el “chico”). La mire perpleja y ella tras un esfuerzo me preguntó si perder la virginidad era muy doloroso; la tranquilicé pero de súbito ella alzó los ojos me miró y dijo: “los chicos no me gustan, son muy brutos”. Dijo eso y se alejó con premura. Algo extraño cruzó por mi mente como un rayo, para hundirse de inmediato en las tinieblas interiores.

Ahora, ante esa empleada, sentía una mezcla de presagio y deja vu. Como dije, la empleada, la réplica de Emma, me miraba sin decir una palabra. Y lo hacía con ojos tan tristes como los de una criatura abandonada. Intuí (cuando me repuse) que pedían algo, pero ignoraba qué. Instintivamente los interrogué con los míos.

“¿Por favor, podría desnudarse, cerrar los ojos y prometerme que no los abrirá hasta que yo se lo diga?”.

Me quedé atónita. No era, desde luego, la primera vez que me hacían un pedido semejante, y a veces en circunstancias algo raras; pero juro que nunca en una tan extraña. Por un momento pensé que se burlaba de mí, mas deseché la idea; hablaba muy en serio.

¿Qué hacer? No es que tuviera miedo, nada había de amenazante en esa figura solitaria. Con todo, la sana razón me indicaba que lo mejor era vestirme y salir de inmediato. Al mismo tiempo, mi insaciable curiosidad, esa pasión que me devora, me impulsaba a la aventura.

El fiel de la balanza estaba quieto. Lo que rompió el equilibrio no fue la desgarradora urgencia de su ruego, sino el brillo animal de sus pupilas, que ahora, con la muda elocuencia del infante, no pedían, ordenaban: “¡¡has lo que te digo!!”.

Me quité el sujetador, me quité las bragas, cerré los ojos y me recosté, con los brazos en cruz, sobre la pared acolchada. A medida que transcurrían los segundos empecé a sentir una vaga inquietud. Por un momento pensé que estaba sola, que todo había sido un simple ensueño. De muy lejos me llegaban sonidos confusos, sin duda porque el silencio y la quietud agudizaban mis sentidos. Estaba ligeramente amodorrada.

Me despertó el contacto de sus labios en mi frente y en mis párpados. Estaba recorriendo mi rostro con su boca, al mismo tiempo que sus manos acariciaban mis hombros y mis brazos. Al fin, sus labios, apenas entreabiertos, se apoyaron en los míos que, debo confesarlo, no fueron del todo indiferentes a la tibieza de una presencia apenas insinuada.

En ese preciso instante retrocedió. El efecto fue notable: me sentí presa de un impulso febril que me enervaba. Para relajarme imaginé que estaba en una pequeña sala de conciertos y que iban a interpretar algo para mí sola. Sentí que se acercaba. Me dije que aquel breve paseo por mi rostro, aquel leve volar sobre mi piel suave, había sido la introducción a lo que ahora comenzaba.

Su boca recorrió mi cuello con movimientos ondulantes (me vuelven loca los besos en el cuello), mientras sus manos se apoyaban en las mías, menos para sujetarme que para calmar mis visibles temblores. El roce del cabello en mi barbilla encendió un foco de dulzura en contrapunto con la violencia con la que sujetó mis hombros antes de hundir sus manos en mis axilas empapadas y clavar su boca en el nacimiento de mis pechos.

Nunca imaginé que existiesen tantas maneras de rendirle tributo a los encantos femeninos con los labios, con la lengua, con el roce inquietante de los dientes. Fue una verdadera lección de geometría: circunferencias, elipses, catenarias, hasta culminar en una espiral perfecta que me dejó sedienta y agotada.

Yo sentía como se endurecía la dureza por momentos dolorosa de mis pezones y la minúscula brasa que ardía entre mis muslos.

Sólo que ya no era yo, era un mar que fluía y refluía según los caprichos de una furia desatada.

Ella, mientras tanto, bajó con suavidad hasta mi ombligo que en su boca fue vibrante caracola. Las manos, firmes en mi cintura, hicieron que mis piernas se tensaran, sobre todo cuando su boca jugó con el vello de mi sexo y, por un instante, pareció decidida a hacer lo que yo tanto deseaba.

Me sentía como la cuerda de un arco en el instante de lanzar la flecha codiciosa del placer que me esperaba. ¡Vana espera!, con un cambio brusco de ritmo, ignoro si espontáneo o calculado, descendió suavemente por mis muslos, por mis piernas, hasta que su frente reposó un instante sobre mis pies desnudos, como si descansara antes de seguir explorando mi atormentada geografía.

Cuando siguió, sentí que no podía más, que no soportaría la lenta cadencia de esa lengua que, con gracia felina, lamía ahora cada uno de mis dedos. Quise gritar, salir corriendo. Pero no pude, sencillamente no pude, su voluntad era más fuerte que la mía.

A los movimientos lentos siguen, casi siempre, los compases vivos. Súbitamente Emma (las dos figuras se habían fundido hacía rato) aferró mis hombros, me hizo girar y me empujó con fuerza.

Me apoyé en la pared, esta vez de frente, con la docilidad de una muñeca de trapo.

Mordió mi nuca, besó mi cuello, bajó como una plomada en vertical perfecta, abrió mis nalgas con singular violencia para clavar allí el húmedo instrumento, mientras sus manos se adueñaban como garras de mi sexo.

Molto vivace. Fue un final breve y soberbio, que a mí se me antojó delicioso y eterno. Di gracias a Dios por ser mujer y poder así sentir lo que sentía…

“Este prendas son preciosas, ya están pagadas, ¿puedo guardar esto de recuerdo?”. Abrí los ojos muy despacio: eran mis prendas viejas. Asentí con un gesto y volví a cerrarlos, temerosa del fulgor que los suyos desprendían como perlas de luz en las pupilas de una pantera ciega.

Me senté, mejor dicho, me desplomé en un asiento. Al abrir de nuevo los ojos ya no estaba. Se había ido con el mismo sigilo con el que había entrado. Estuve a punto de lanzar un grito. Necesité un largo rato para reponerme y cuando me puse de pie me sentía ligeramente mareada. Con pasos inseguros empecé a vestirme, pero me asaltó una duda: ¿y si al salir sonaban las alarmas? No quise correr más riesgos, me calcé las sandalias, me puse mi vestido de algodón sobre la piel desnuda, salí del probador y me dirigí a la caja.

La vendedora puso las prendas en una bolsita muy mona y me la entregó con un “gracias señora”. Caminé (o floté) hacia la puerta, abrí y salí afuera. Había llovido, sin duda, la acera estaba empapada. Un poco aturdida todavía miré a mi alrededor; un gitanito tocaba el violín y me miraba, le dejé una propina generosa que agradeció con efusión.

A cincuenta metros se veía una plaza con un rincón de juegos infantiles. Me pregunté si sería capaz de sentarme en una hamaca y columpiarme; una idea preciosa. Desde la plaza una niña me hacía señas. Corrí hacia ella, mientras llenaba de aire mis pulmones. Olía a primavera y sexo.

Renato d´Herblay