Sexo que no has de escuchar... déjalo pasar

Sexo que no has de escuchar… déjalo pasar


De pocas cosas se ha escrito probablemente tanto como sobre el “misterio del orgasmo femenino”, así que no vamos a añadir más granitos de arena a esa montaña, suficientemente elevada desde la mística, la sexología y la literatura. Del comportamiento sexual humano me quedo con su banda sonora. “Murmullos y gemidos camino del grito”, podría titularse la sinfonía de un coito cualquiera de nuestra generación y las precedentes. Hay tantos orgasmos como vocaciones operísticas, locuciones histriónicas y cuantas variedades queramos de ese instrumento mágico que es la voz humana… y especialmente cuando se aplica al acto sexual.

Para muchos, la razón de lo “ruidoso” del sexo (en especial, el de ellas) responde a una función de reclamo muy primitiva, cuando la hembra copulaba en una noche con varios machos en busca del esperma “premium”. En la variedad, más que el gusto lo que estaba en juego era la garantía de una progenie sana. Gritos y gemidos eran el modo con el que la hembra humana -condenada a no poder ofrecer signos externos de su estado de celo- llamaba a filas a todo macho disponible para cubrirla. Los tiempos han cambiado (¿?). Hoy el reclamo de distintos consortes para una misma noche es bastante más sofisticado. Para llevarse una docena de gatos al agua en una velada de desenfreno, una no va gritando por la discoteca “¡estoy en celo!”. En cualquier caso, la vestimenta minimalista, el maquillaje, la cirugía plástica y el baile son complementos perfectos posibles para el ritual de cortejo del aún hoy ingenuamente llamado “sexo débil”. Los machos no tardamos en caer en las redes de una provocación más o menos obvia después (o incluso mucho antes) de un par de copas. Entonces, ¿por qué, sobre todo ellas, siguen gritando en la cama? ¿Herencia de los protocolos del “porno”? ¿A quién/es llaman? ¿Hay alguien más ahí?????

Quizá es que además del punto “G” femenino, está lo que llamo el punto “F” (por puro orden alfabético). ¿Dónde? En ese oído desde el que el clítoris se hincha, o donde nace la erección. Gemidos y gritos apresan a la oreja, le sirven de brújula (“por ahí vas bien”), avisan del acierto y premian con la sensación de triunfo al compañero de juegos, a la vez que alimentan de feed (¿ o mejor –fuck-?)-back la propia excitación. Desde la agrexofilia (subidón que genera la idea de ser escuchado por otros “en plena faena”) hasta su otra cara de la moneda, la audiolagnia (donde la estimulación principal proviene de la escucha de otros practicando sexo), o el ecouteurismo (versión voyeur del órgano del oído cuando furtivamente invade ese coto privado que es la escucha del sexo ajeno), pasando por la coitolalia (excitación producida por hablar durante el coito) o su versión más hardcore, la coprolalia (proferir obscenidades durante el acto sexual)… el lenguaje tiene en su amplia gama de prestaciones un papel clave para la excitación de los amantes. En la dacryfilia o dacrilagnia nos pone a mil ver llorar al otro… ¿Qué sería el sexo sin toda esa amplia gama de sonidos? ¿Habéis probado ver una película “porno” con el volumen de la tele a “0”? Del 1 al 10, ¿cuántos puntos de excitación y atractivo pierde el filme al cabo de cinco minutos? Pues en tal caso, “sexo que no has de escuchar, déjalo pasar”.

Recuerdo una escena del pasado -¿real o ficticia?- en la que ella le pregunta si (él) ha alcanzado el orgasmo. “Ya hace rato”. “¡No te he escuchado!”. (Bronca descomunal). Y es que en el clímax, el grito ajeno tiene cierto aire de trofeo, de reconocimiento a la labor del otro. ¿O quizá algo más complejo relacionado con el psicoanálisis de Adler, la filosofía de Foucault (del que hablaré pronto al tratar las “parafilias” –para profanos, “parafilias” son, por ejemplo, las palabrejas en negrita de este artículo-) y las estrategias de poder y dominio en las relaciones sexuales? Basta por ahora. Vamos a gritarnos un rato… desde el amor y el placer, por supuesto. ¡Hasta pronto!

©2016, Jordi Clotas i Perpinyà. Sexblogging.

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