El Sexo Sentido. Cap 11. Ristretto

El sexo sentido, por Jordi Clotas, Cap.11


Capí. 11: Ristretto

El Sexo Sentido. Cap 11. Ristretto

El Sexo Sentido. Cap 11. Ristretto

Cuando duermo en cama ajena, me gusta madrugar. Es una costumbre que tiene algo de ritual de limpieza energética. Espero que los primeros rayos de luz se filtren entre las persianas y salgo a saludar al sol. El móvil aún duerme. Candi no ha llamado ni ha escrito. Creo que en el fondo sabía que ayer me ausentaría. Algo no anda bien entre nosotros, pero aún no sé exactamente qué. Quizá la relación nunca empezó a andar, ni bien ni mal. Cada vez tengo más claro que me hace responsable de su fracaso con Irene, pero eso es algo que debe resolver por sí mismo. Espero que la doctora Bel le ayude. De lo contrario, uno de los dos no tardará en pronunciar esa frase clásica que preludia las rupturas: “quizá mejor darnos un tiempo”.

Es pronto. Algunas panaderías de Paseo de Gracia alzan las persianas y plantan en las aceras mesas y sillas. Odio el frío y desagradable contacto del metal en los muslos y las nalgas. Pero da igual.  Me apetece el primer café con el aire en el rostro y el sabor del fogoso italiano aún en los labios. Su sexo era desesperado y ansioso, sin demasiados prolegómenos ni en la primera, ni en la segunda, ni en la tercera y definitiva embestida, tras la que se ha dormido con un cigarrillo apagado en los labios. ¿Debería haberme despedido? Quizá una nota no hubiese estado de más, pero pienso que despedirse es como decirle al otro que ha quedado algo pendiente de resolver y que aceptas esa deuda. En eso soy más francesa que italiana. Una salida silenciosa, sin apuntes a pie de página ni expectativas de segunda oportunidad, me libera de compromisos futuros. El tiempo ya se encarga de esas cosas cuando le interesa.

El sol empieza a cambiar el color del paseo. Descubro dentro de un coche aparcado una silueta que se revuelve, planta los pies sobre el salpicadero, los vuelve a quitar, baja la ventanilla, fuma, desaparece y vuelve a aparecer. Otra víctima de noches agitadas que finalmente decide poner los pies sobre el asfalto, desperezarse, organizarse los cabellos con algo similar a un peinado. Se acerca y se sienta en la mesa contigua. Me mira fijamente y se ocultar tras sus gafas de sol tras dedicarme un gesto de irónico desprecio que no viene a cuento. En fin, no estoy para enigmas.

-¡Buenos días, Freddy! ¿Un café largo?

-No, Sebas. Mejor dos cortos.

-¿Todo bien?

-No… ya te contaré

Debería asearme un poco. En la oficina guardo mi traje de ejecutiva en el armario de urgencias. Hoy toca visita de los propietarios de un nuevo hotel a pie de los canales de Venecia, y hay que estar presentable. Me ofrecerán visitarlos. No estaría mal pasar unos días en Venecia. La ventaja de tener en una agencia de viajes es que puedes olvidar a menudo dónde acaba el trabajo y dónde empieza el placer. Me dispongo a pagar. Hurgo en un bolso lleno de inutilidades hasta que encuentro mi monedero, un caótico organizador de monedas de distintos países que suelo guardar como recuerdo y oculta los euros cuando los necesito.

-¿Me cobras, Sebas? Un ristretto.

-Ya está pagado- responde tras una sonrisa socarrona, mirando hacia el interior del local.

-¿Cómo? ¿Quién…?

-No sé quién es, pero lleva alzacuellos Supongo que un cura que de algo te conoce, ¿no?

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