nirvana

El sexo sentido, por Jordi Clotas, Cap.12


Cap. 12: La Dialéctica del Poder

Necesito una ducha urgente. Jan me ha dejado agotada. Los hombres con ese toque Yin, complejos y oscuros, sacan lo mejor y lo peor de mí. Por eso prefiero la simplicidad del tío rudo, simple, de erección fácil e ideas claras. Sabe lo que busca, aunque a menudo confunda lo que es una masajista tántrica con una prostituta con cierta gracia en el tacto y la coreografía. Intento convencerme de que esa confusión no me afecta, pero no es cierto. Lo es cuando entro en modo racional, y me centro en el objetivo de que regrese lo antes posible. Pero empieza a serlo menos cuando me pongo en modo emocional.

A menudo me arrepiento de no haber acabado la carrera. Hoy sería una psicóloga industrial. Trabajaría para una gran empresa y conocería a uno de los tantos “hombres de mi vida”, hasta que la pasión se agotara. Tendría una personalidad pública, con sus éxitos y sus fracasos, con sus emociones más o menos desbocadas. Echo de menos esa vida de “fuera del armario”. Una masajista tántrica no asume con facilidad salir a la luz de la normalidad para decir en voz alta: “Sí, soy masajista tántrica, y estoy orgullosa de ello, ¿algún problema?”. Al final te vence la moral, el juicio sumarísimo de tu entorno, de los tuyos, y acabas viviendo una vida furtiva, como un polizonte en tu propia nave. Tu “personajeidad” acaba devorando las horas un día tras otro, y la máscara se te pega al rostro, como al actor que de tanto interpretar su papel sucumbe a una crisis de identidad en la que el personaje decide interpretar al actor. A veces me gustaría despojarme del disfraz de masajista en mitad de una sesión y dejarme llevar, ser mujer en lugar de un mero canal erotizante, entregarme al placer. Y eso ocurre raramente, y normalmente sin que lo hayas previsto.

Un día se presenta un hombre maduro, silencioso, con una mirada penetrante, acostumbrado a jugar un papel activo en el arte de la seducción. Aparentemente se pone en tus manos y eres tú la que pareces controlar la situación. Pero hay un momento en que el juego de poder se invierte. Su falta de reacción lleva al límite tus fórmulas para excitarlo, tanto que acabas temblando de ansia. Te rompe los esquemas. Pierdes el control y el placer que pretendes generar pasa a dominarte, se vuelve contra ti como un boomerang y entras en una espiral de deseo irrefrenable. Pierdes las riendas. Él sigue sin responder, y esa inesperada pasividad te lleva a enloquecer. Esperas un contacto que no llega, una reacción, un tacto cálido que te convenza de que lo estás sacando de su sobriedad, de que estás desarmando su fortaleza, su pose de casto asceta condenado a un voto de castidad que parece hacerlo inaccesible. Lo que debía haber sido un masaje más acaba convirtiéndose en un reto. Y en esa locura la fantasía se desboca, tu coreografía enloquece y llega un momento en que la excitación es tal que chorreas, y tienes que acallar un grito orgásmico que te descubre víctima de tu propia voracidad erótica.

He aprendido a enmudecer mis jadeos cuando las cosas se complican. ¿Se habrá dado cuenta? No me atrevo a abrir los ojos. Sé que ahora mismo el azul intenso de los suyos me arrastraría hacia las provincias de la entrega, y no puedo ni debo aceptarlo. ¿Ética profesional? ¿Moral? No lo sé. Lo que sé es que es absurdo demorar el cruce de nuestras miradas y su presumible gesto de decepción. Quizá sería yo la que debería pagarle hoy. Me ha vencido. Me siento derrotada en un juego que yo misma he inventado, y me cuesta aceptar esa derrota. Abro los ojos y los suyos se me clavan fijamente sobre una irritante sonrisa de benevolente condescendencia. Antes de que le pregunte si le ha gustado, se me adelanta con un “¿estás bien, Maya?”

-Sí… claro. ¿Y tú?

-Estoy bien- susurra incorporándose, evitando mi mirada-. Volveré mañana a la misma hora.

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