Tantrismo

El sexo sentido, por Jordi Clotas, Cap.4


Cap. 4: Maya nació en Madhya Pradesh

-Buenas noches. Tengo un masaje con Maya.

-Buenas noches. ¿Eres Jan?

-Sí. Tengo hora a las ocho. ¿Llego demasiado pronto?

-Tranquilo. Sé bienvenido. Pasa y espera un momento, por favor.

Me gustan los clientes puntuales. Con los años, la primera impresión ya te da suficientes pistas sobre lo que ocurrirá sobre el futón. Aprendes a reconocer al ansioso, a la exploradora, a parejas que buscan un juguete en forma de mujer para su fantasía de trío, al despistado, al extraviado, al perverso… Cada mirada-escaparate muestra sus deseos ocultos. No suelo equivocarme. Sé cuándo un masaje va a convertirse en un sinfín de preguntas, o en una lucha constante por recordar las normas. “En ningún caso coito y siempre respetando la zona genital de la masajista”, o  “no, no se puede hacer el masaje sin tanga”. Jan parece inofensivo. Selecciono por tanto un fondo musical agitado, música hindú con percusión potente para provocar algo de taquicardia en un corazón que se me antoja demasiado tranquilo y algo adormecido. Son las ocho en punto. Salgo en busca de Jan. No se ha sentado. Es un gesto de respeto o un signo de poco convencimiento, de parálisis moral… o quizás, sencillamente, de ganas de salir corriendo.

-Ya puedes pasar. ¿Preparado para la ducha?

-¿Eres Maya?

-Sí, soy Maya.

Mi peculiar idilio con el tantra nació tras un viaje catastrófico a la India. Fui en busca de colores, aromas y estímulos. Lo que debía ser una inmersión en los mitos y las leyendas de una sexualidad pura y trascendente, en el descubrimiento de cuánto había de cierto en el Kamasutra y en la necesidad de reproducir una tras otra las escenas la fachada del templo de Khajuraho, acabó con un par de episodios funestos que, de no ser por René, hubiesen dado al traste con el viaje. A mi llegada, la compañía aérea había extraviado el equipaje. Los trámites de reclamación se prolongaron durante horas, así que acabé sin tener nada claro en un taxi en el que decidí apuntarme de una vez por todas a estudiar inglés y que sólo con el francés no podía aventurarme a ver mundo. Llegué al hotel sólo con un minúsculo bolso, con demasiado dinero en efectivo y unas cuantas tarjetas de crédito sin apenas saldo. Las cosas no podían ir a peor… ¿o sí? Mientras pagaba al taxista con un fajo de billetes enorme en la mano (hay que ser idiota), una bicicleta me embistió y de repente la calle se llenó de billetes voladores y una legión de niños sucios con envidiables dentaduras blancas corriendo tras ellos y desapareciendo tras un jolgorio de bendiciones a los dioses de la fortuna. Sin dinero y sin ropa, mi aventura parecía haber llegado a su fin. Pero entonces apareció René para ofrecerse como mecenas durante unos días… que se alargarían unos meses. A mi regreso a Europa, París me convirtió en Aditi; Barcelona, en Maya.

René me hablaría del Tantra por primera vez durante nuestra segunda cena. Desde ese instante, nuestras noches en Madhya Pradesh fueron un máster intensivo en ese arte milenario, del que René demostró ser alumno prodigio. A los pocos días pude por fin contemplar la fachada de Khajuraho, disertar sobre las posturas inverosímiles del Kamasutra y descubrir goces inimaginables de la mano de ese francés al que aún hoy, años más tarde, mi Yoni echa de menos.

-Ya estoy aquí, Jan. ¿Cómo quieres el masaje? ¿Con eyaculación o sin eyaculación?

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