El sexo sentido, por Jordi Clotas, Cap.5


Cap. 5: El síndrome de la bata blanca

-Buenos días. Señor Cándido… ¿Francás? ¿Lo digo bien?

-Correcto.

-Buenos días, señor Cándido Francás. ¿Qué le trae por aquí?

“¿Qué le trae por aquí?”. Curiosa manera de recibir a un paciente. Asumo que es una fórmula que se pretende simpática, para quitar hierro a la cosa y generar una relajante complicidad de confesor a pecador, pero me hace como ese viejo idiota que, a falta de un plan más estimulante, decide que no tiene nada peor que hacer que malgastar el tiempo en la Seguridad Social para tramitar un par de recetas para la hipertensión. ¿Qué me trae por aquí? Buena pregunta. En este momento echo de menos la verborrea histriónica de Debi explicando al detalle mi drama personal. Pero Debi no está. Aún dormía cuando he salido de casa. Supongo que la noche se alargó una vez más con algún desconocido compinche de juegos sexuales en algún club de Barcelona. Es curioso. Al principio de las relaciones, cuando la pasión te consume, cualquier pequeño detalle suma, se magnifica y se sobrevalora. Pero ya entrados en la decadencia de la rutina, con el crédito agotado, ese mismo detalle es casi una ofensa. Todo lo vivido se deprecia a partir de un gesto insignificante, como darte la tarjeta de una tal “Rut Bel” acompañada de un enigma aparentemente bienintencionado: “ahora creo que te puede ser útil”. ¿Crisis?

La doctora Bel viste con una radiante bata blanca. El blanco es la versión poco imaginativa del mundo de los colores, lo que dejamos de pintar de niños cuando el dibujo ya nos aburre. Pienso que si el sexo tuviese algún color no debería ser el blanco. El sexo neutro no es sexo. Es, como mucho, una mecánica sin chispa, pura rutina coreográfica con éxtasis fisiológico en el mejor de los casos. La consulta es también blanca, sin apenas mobiliario y con grandes ventanales que la iluminan de forma agresiva. Es una fotografía sobreexpuesta que pide a gritos gafas de sol para soportarla. Tiene un aire a sex-shop unisex de nueva generación, en busca de transparencia para captar público femenino. Prefería los de antes, a pesar de su oscuridad sórdida y clandestina y su inconfundible aroma de humedad y semen de las cabinas de los peep-shows. Todavía hoy, de cuando en cuando, me invade el olor a humanidad corrompida de esa procesión de perversos canosos que, por riguroso orden de disponibilidad, se la habían estado machacando horas antes en busca de una erección improbable.

Tardo en darme cuenta del detalle de la mesa de cristal. La doctora Bel lleva medias blancas y cuando cruza las piernas me regala, quizá inconscientemente, el fotograma de un liguero blanco atado a la silicona de la media blanca que cubre su carne también blanca. Todo es blanco. Pero el sexo -entro en bucle- no debería ser blanco. Su ropa interior de encaje transparente me habla de su pubis rasurado y angelical, como era de prever. Ese vestuario, junto a larga melena rubia con final en tirabuzón Shirley Temple, me recuerda a la Daryl Hannah del Kill Bill de Tarantino, enfundada en blanco-enfermera con el divertido detalle de la cruz roja en el parche de su ojo… ¿derecho? Debería volver a verla un día de éstos. La Dra Bel se da cuenta de que mis ojos se extravían en su entrepierna, corrige la postura sin alterarse y me trae de regreso a la realidad.

-¿Sr. Francás? Le preguntaba que qué le trae por aquí. ¿Qué le ocurre?

-No lo tengo muy claro. ¿Lo quiere en versión corta? El sexo me hastía. Si lo prefiere en forma de titular de prensa amarilla, le diría que me he cansado del sexo sin amor y del amor sin sexo.

En ese momento confirmo lo que ya suponía: venir a la consulta ha sido un estúpido error más.

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