Tantra en Barcelona

El sexo sentido, por Jordi Clotas, Cap.6


Cap. 6: El halcón y la flecha

“Me he cansado del sexo sin amor y del amor sin sexo”. Así, resolutivo y directo. Intuyo que le gustan las frases impactantes y efectistas, de esas que a cierta edad secuestran a una mujer y la dejan con las bragas húmedas y el corazón en vilo. Es un macho alfa del lenguaje, de los que saben encontrarte el “punto G” en la oreja y generan dependencia y adicciones enfermizas hasta que descubres el fiasco. Su mirada ha atravesado la mesa de cristal y se ha tomado un cortado entre mis piernas hasta que he corrido el telón y las he descruzado. No recuerdo la ropa interior que me he puesto hoy. Por la mañana no existo antes del primero de una larga procesión de cafés cargados. Creo que era una prenda minimalista, con encaje y transparencias en los lugares más comprometidos, las dianas de la testosterona masculina. Me tienta ir al baño a echar una ojeada a lo que ha capturado el interés del señor Francás, pero no queda serio. Además, sé esperar, aunque los pensamientos se queden ahí alborotados un rato en forma de remolinos y trastornos obsesivo-compulsivos (esto último ha quedado muy freudiano).

-Explíqueme eso con más detalle, Señor Francás,…

Suele ocurrir. Cuando después de un titular le pides al sujeto de turno que desarrolle el tema, de repente pierde fuelle. La frase se descubre no tan mágica. Surgen las dudas y el miedo a no estar a la altura, en la versión extendida, del impacto de la sentencia. “A ver…”. Después de eso espero una pausa y un desarrollo mediocre, pero el  señor Francás me genera cierta expectativa. No parece un tipo vulgar. Freddy me conquistó de manera similar. Fue en su primera consulta. “Para ser una Géminis, se me antoja usted bastante equilibrada”. No pude evitar reírme. Luego me dijo que su hermana había nacido el mismo día que yo y que tenía un buen amigo viviendo en mí mismo pueblo. La seguridad con la que hablaba, y el haberse molestado en investigar acerca de mí antes de ni tan siquiera haberme visto me hizo sentir especial, un flechazo en toda regla. Semanas más tarde el código deontológico saltó por los aires y fuimos durante años dos amantes subidos en una montaña rusa emocional que parecía no tener fin.

Pero el tiempo se encarga de oxidar los raíles y descarrilar los trenes de alta velocidad en la primera curva de las complicaciones serias. De él esperé una autoridad y una protección que no llegaron nunca. Luego, cuando perdí a mi hijo, ya bastante avanzado el periodo de gestación, esperé sus lágrimas en vano. El espacio de esa empatía frustrada lo invadió una pregunta que se me clavó una y otra vez en el corazón de las decepciones, ese que nunca duerme: “¿por qué lloras?”. Cuando una mujer llora, está pidiendo a gritos un abrazo, un mínimo de empatía límbica, un destello de emocionalidad, y jamás un escudo racional para salir al paso. Creo que los hombres acaban renegando en algún momento de su adolescencia de su sensibilidad hasta convertirse en burdos aldeanos extraviados en la provincia de los sentimientos. Después de perder a mi hijo el sexo se convirtió en un calvario, en puro sentimiento de culpa y en una injusta sensación de irresponsabilidad. Pero las mujeres somos, también, así. Antes morir que confesar nuestras propias contradicciones. Acepté sus infidelidades desde entonces, los mensajes en el whatsapp a altas horas de la madrugada, su sonrisa al leerlos, las excusas al cabo de unos minutos con su “mañana vendré tarde” motivado por reuniones fuera de horas de oficina cada vez más inverosímiles. Y me acostumbré a su ausencia, y sobre ese vacío fui construyendo el panteón de recuerdos en el que me he ido refugiando durante años. Espero que sea él quien tome la decisión. Prefiero llorar el desprecio ajeno a alimentar de más culpa el propio. Silencio.

-Me gustaría que me explicase qué es, para usted, “sexo sin amor y amor sin sexo”.

Déjanos un comentario!