El sexo sentido, Cap 9

El sexo sentido, por Jordi Clotas, Cap.9


Cap. 9: Vacíos

Teorizo sobre el amor y el sexo con la mirada clavada en el reloj. “La primera visita suele ser de unos noventa minutos, Sr. Francás”, me recuerda la  doctora Bel. Aborta por tanto mi estrategia de alargar demasiado más mi ponencia para agotar la consulta sin hablar de mí. O es muy astuta o, simplemente, se está aburriendo. Me corta en seco.

-¿Está usted casado?

-Bueno… tengo pareja.

-¿Hace mucho?

-Un par de años… más o menos

-¿Hijos?

-Dos. Un niño y una niña, en edad… preadolescente.

Despejo dudas: es astuta. En dos preguntas ya sabe que mi primer matrimonio fracasó, que hace dos años que busco una nueva fórmula sustitutiva, que las cosas no funcionan (¿qué hago si no aquí cuando debería estar de subidón pasional con mi nueva compañera de viaje?) y que aún hoy, probablemente, despejo interrogantes sobre lo que falló (porque ni estuve bien para mantener la anterior relación ni parezco haber encontrado respuestas en ésta).

-¿Cómo es el sexo entre ustedes?

-……..

-… frecuencia, calidad, grado de satisfacción, prácticas, fantasías…. Todo eso. No pretendo importunarle, pero necesito saber qué le ocurre exactamente. En eso consiste mi trabajo. ¿Le importa que se lo pregunte?

-No, por supuesto….

Sí me importa… ¡claro que me importa! Si fuese sincero, sabría que ayer anduve de voyeur por el casco antiguo hasta acabar en el Bagdad, en las garras de dos veinteañeras del Este que me soplaron doscientos cincuenta euros por dos copas y otros doscientos cincuenta más por una felación sin erección, de falo dando tumbos dentro de un preservativo demasiado grande para su propósito. Todo fue rápido. En cinco minutos estaba desnudo en el reservado, al lado de Escila y Caribdis, uno-ochenta de carnes firme sobre veinte centímetros de tacón. Los titanes hablaban en… ¿ucraniano? ¿Se burlaban de mi flacidez? “¿Te olvidaste el viagra, chico? Jajaja”. No hubo respuesta. Cuando quise reaccionar, la puerta se abrió sin preaviso y entró la cobradora. “Han pasado los quince minutos”. “Vamos, chico. Doscientos cincuenta más y lo volvemos a intentar. Ahora te dejaremos tocar y todo será más fácil. Déjanos a nosotras y ya verás”. Pero esta vez regresó el buen juicio a tiempo de decir “no”. Ya era suficiente la sensación de frustración y vacío como para hacerla extensible a mi visa. “Nos vamos entonces, ¿okey?”. Fumé, me vestí sin prisa y salí con discreción a la sala. Observé algún show para esperar, en vano, que algún estúpido cayera en las garras de ese par de harpías y así no sentirme tan culpable o algo menos imbécil. Pero al parecer esa noche yo debía ser el único novato, y ellas, con los objetivos del día ya cubiertos, se sentaban ya sin ansia en la barra a dejar pasar las horas. Nada de esto se sabrá jamás, así que empiezo a buscar otros datos con los que responder a mi doctora Bel.

Déjanos un comentario!