El sexo sentido, por Jordi Clotas. Cap. 2


Cap. 2: Errores de juventud

Si pudiese volver atrás todo sería distinto, muy distinto. La juventud es mala consejera. Amar el sexo y convertirse en sexóloga es como el que adora el embutido y acaba degollando cerdos. El sexo se inventó para disfrutar de él, no para pasarse el día escuchando relatos escabrosos sobre disfunciones, fantasías enfermizas y trastornos que harían vomitar a cualquiera. Si además eres mujer, nunca sabes en qué momento estás perdiendo el control de la situación y dejas de ser gurú para convertirte en víctima del desquiciado de turno. “La eminente sexóloga Rut Bel aparece violada y degollada en su consultorio” en la sección de sucesos, en una pequeña reseña en la parte inferior de la página izquierda de un periódico de barrio de difusión gratuita. Es un sueño recurrente. Dejan un ejemplar en el buzón y cuando lo abro un reguero de sangre se desliza pared abajo hasta mis zapatos blancos de tacón. No puedo creer la noticia. Mi vecina abre la puerta del portal y pasa a través de mí. Soy invisible. Estoy muerta, deduzco. Para mi sorpresa, no siento pena ni dolor. Sólo alivio.

Pero ahora es tarde para lamentos. Inventamos un personaje y escenario y guion se adaptan a él de forma irremisible. La máscara se pega en el rostro y olvidas cómo transformarte en algo diferente. La rueda de necesidades te aplasta un día tras otro, y la idea de convertirte en cajera del Mercadona se desvanece al instante. Demasiados gastos, demasiados compromisos, y una deuda moral que se te clava en cualquier intención de abandonar el pasado.

-“Rut Bel, sexóloga” –me condenaba un cartel en una puerta-. Estoy orgulloso de ti, hija.

Papá murió a los pocos días de ese hito de mi biografía, y desde entonces todo fue distinto. Creo que las mujeres pasamos la vida buscado un sustituto de la versión más idealizada de nuestro padre, con su mismo olor, sus mismas virtudes e idénticos vicios y defectos. Lo insinué en uno de mis últimos congresos y a los freudianos les brillaban los ojos, como si acabase de coronar al Gran Maestro y le diese la razón un siglo más tarde de sus segundos desvaríos. El lugar de mi padre lo quiso desde entonces ocupar mamá al poco de reponerse, pero una madre es otra cosa muy distinta. Odio su militancia de Escorpio, su necesidad de controlarlo todo, sus extorsiones morales, sus chantajes emocionales y ese terrorismo psicológico de la espera en el sofá a las seis de la madrugada, cuando llegas borracha y despeinada después de una sesión de sexo salvaje con un desconocido.

Pronto cumpliré los cuarenta, y a esa edad ya no espero grandes cambios en la trama. Seguiré lamentando en silencio una decisión tomada un par de décadas atrás. Me consuela, eso sí, saber que eso nos ocurre a la mayoría de nosotras. Las unas por haberse casado, las otras por haber tenido una legión de insufribles retoños, el resto por haber abandonado su carrera para dedicarse a amamantar crías… Cada cual con lo suyo, llevando el peso de la vida como buenamente puede y a la espera de una segunda oportunidad que no acaba de llegar. Tan triste como real. Alguna se aventura y dispara el último cartucho, revienta su estructura familiar y se abalanza a los brazos de un reciente conocido que de repente se convierte en presunta solución de todos sus males… hasta que descubre que se ha vuelto equivocar y el orgullo la mantiene en un fracaso callado que disfraza de sabia elección hasta el fin de sus días.

Es la última consulta de hoy. Cándido Francás, primera visita. Saco el formulario de anamnesis y me programo para escuchar la historia de un nuevo fracaso con todo el interés y la escucha falsamente activa a que obligan ciento cincuenta euros por consulta.

-¿Señor Cándido Francás? Pase, por favor

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