masaje tantrico

Un encuentro fugaz, por Renato d´Herblay


Ocurrió cuando tenía doce años. Recuerdo bien la edad porque hacía muy poco me había hecho la ceremonia iniciática de los judíos. Ese día llovía y me metí en el cine a ver “Fantasía” de Walt Disney. Estaba disfrutando, fascinada con el episodio del “Aprendiz de brujo”, cuando noté que alguien se sentaba a mi lado. No presté mucha atención, hasta que sentí que una mano levantaba con delicadeza mi falda a cuadros y se posaba, sin pudor ninguno, sobre mi muslo izquierdo. Me quedé atónita. Cuando pude reaccionar y me disponía a levantarme, me asaltó un pensamiento extraño. Yo había dado por descontado que se trataba de un hombre. Y sin embargo, de golpe, dudé: el tamaño era compatible con los dos sexos; y aunque la firmeza parecía masculina, la suavidad del tacto inclinaba la balanza a favor de una mano de mujer.

Mientras trataba de disipar mi duda, la mano fue deslizándose, con movimientos sabios, por el interior de mi muslo, luego por encima, y siempre subiendo y bajando lentamente. Se me llenó el vientre de cosquillas y los pechos se pusieron duros. Una creciente excitación se apoderó de mi cuerpo todavía núbil. Perdí el control de mis emociones, me entraron ganas de gritarle que lo hiciera ya, de cogerle la mano y morderle los dedos. Llegó un momento en que sentí que no podía aguantar más. Como si lo adivinara, su mano ascendió con presteza. Recuerdo que pensé: “ahora sabré si es hombre o mujer, porque el coño no se equivoca nunca”. El pensamiento me hizo sonrojar más de lo que ya estaba.

En ese momento, la embestida llegó a su destino pero con una estrategia imprevista. En lugar de intentar meterse, como yo preveía, en mi sexo, la mano, que parecía tener vida propia, con astucia diabólica, apoyó dos de sus dedos en mis braguitas mojadas. Presionó, con suavidad, con firmeza, con ritmo repetido. Bajo aquella presión, la tela, empapada, se hizo carne con mi carne. Creí que iba a desmayarme. Por suerte tenía en mi mano derecha un pañuelo. Me lo metí en la boca y lo mordí con fuerza, porque estaba a punto de chillar como una gata en celo. Esos dos dedos estaban en todas partes, y no sólo en mi sexo atormentado. Bajo esa tensión casi insoportable, el ritmo se volvió frenético: ascensos en pico fulminantes, seguidos de vertiginosos descensos.

Me es muy difícil transmitir lo que fui sintiendo en esa montaña rusa, porque es algo que no he vuelto a sentir nunca. Lo intentaré de todos modos. Una vez, tendría nueve años, fuimos con la profesora a visitar museos; yo había bebido mucho agua y tenía ganas de orinar, pero no me atrevía a pedir permiso. Después de los museos siguió una caminata, y no podía hacerlo al aire libre, aunque, como se dice vulgarmente, me estaba meando. Al fin entramos en un bar, corrí al lavabo, estaba ocupado, yo me retorcía, cuando se abrió la puerta me metí como una flecha, cerré como pude, me bajé la bragas y empecé a orinar en una catarata incontenible; estaba totalmente erizada, desde la raíz de los cabellos a la punta de los pies.

Y bien, lo que sentí en el cine, aquella tarde, fue lo mismo, sólo que acompañado con un orgasmo simultáneo. Algo así como orinarse y correrse al mismo tiempo. No sé lo que duró. Cuando acabó tenía las piernas totalmente abiertas y sentía que mi cuerpo era el de una muñeca de trapo. Sólo podía respirar hondo, con los ojos cerrados, mientras la música llegaba de muy lejos. Me di cuenta que se estaba levantando e iba irse. Giré la cabeza para abrir los ojos y conocer la identidad del anónimo o anónima causante. Un ciego impulso me detuvo y me quedé quieta, con los ojos cerrados durante un largo rato. Así como el coño no se equivoca, los instintos tampoco. Tiempo después me di cuenta que, de haber sabido si era hombre o mujer, hubiera perdido esa atmósfera, casi numinosa, que rodeó nuestro fugaz contacto.

Aún ahora, después de tantos años, cuando me asalta su recuerdo, vuelvo a sentir lo que entonces: esa mezcla deliciosa, donde el goce convive con el miedo.

Renato d´Herblay

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