Masaje erotico

Antes y después de un auténtico masaje tántrico


Hubo un tiempo que me convertí en adicto a los tráileres de las películas. Esas pequeñas obras de arte, pequeños relatos concentrados cargados de expectativa, parecían tener entidad propia y cobrar vida indiferentemente a las películas a las que hacían referencia.

Muchos de esos brillantes ejercicios de márquetin quedaron grabados en mi memoria, sobre todo después de ver el bodrio de película a la que, definitivamente, jamás representarían. Tuve que aprender a sobrevivir a esa frustración,

Me ayudó mi psicoanalista personal, el malogrado cineasta Pier Paolo Pasolini, con  una frase mítica de su Decamerón: “¿Para qué crear la obra si soñarla fue tan bello?”.

Más tarde me hice adulto, y la sexualidad furtiva y clandestina se adueñó de mí. Y apareció Internet. Quise descubrir las maravillas del masaje erótico y encontré, para bien y para mal, miles de propuestas. La promesa de un éxtasis absoluto a través de vías presuntamente novedosas impregnaban un universo de fascinantes posibilidades.

Me atrapó la idea del slow sex, de una sexualidad sin rutinas ni urgencias en las que reactivar mis atrofiados cinco sentidos en forma de Eros, de Vida. Y tuve dos experiencias extremas.

Por un lado descubrí que la palabra “masaje” tiene tantas interpretaciones como se quiera. Por otro, que “erotismo” y “pornografía”, “masajes tántricos” y “sexo encubierto de aura oriental”, eran distinciones para paladares selectos y conciencias mínimamente amuebladas.

Así que, en lugar de quedarme en una esquina a mirar las caras de los usuarios a la salida de la sala de masajes en la que acababan de ser protagonistas pasivos de una historia presuntamente erótica, decidí comprarme un espejo.

Y un día me atreví por fin a escoger mi primer presunto “masaje erótico”. Resultó carísimo, pese a su final apoteósico. Trama breve, previsible y harto conocida. Se llamaba “aquí te pillo, aquí te mato”. La respuesta de mi espejo fue un rostro desencajado, con un gesto de vacuidad y decepción notable. Y entonces me dije: “Esto no puede ser un masaje erótico. Mi expresión no es de Eros, sino de Thánatos, de “muerte”, de sensación de fraude y estafa”.

Afortunadamente, antes de que la desazón frustrara cualquier nueva expectativa, descubrí el masaje tántrico auténtico. ¿Por qué “auténtico”? Porque me lo dijo mi espejo después de una sesión de masaje tántrico al estilo slow sex en Inés Tantra ( pero sin coito) tras haber frecuentado verdaderos Holzwege (en castellano, “sendas perdidas”) de unas sensaciones de vida y plenitud que creía olvidadas.

Tras esa experiencia única -pero no irrepetible- escribía con plena convicción un enigmático mensaje en Facebook: “Las únicas verdades válidas son aquellas que te hacen crecer sin hacer daño a nadie”. Fue mi forma de decir: “Un masaje tántrico auténtico es aquél tras el que, después de abonar su precio, te marchas con la sensación de llevarte mucho más valor que lo que acabas de pagar”.

©2016, Jordi Clotas i Perpinyà. Sexblogging

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