El orgasmo: la pequeña muerte

El orgasmo: la pequeña muerte


El orgasmo: la pequeña muerte; es difícil percibir clara y distintamente la unidad de la muerte, o de la conciencia de la muerte, y del erotismo.

En su comienzo el deseo exasperado no puede oponerse a la vida, que es su resultado. El momento erótico es la cima de la vida cuya mayor fuerza e intensidad se muestran en el momento en que dos seres se atraen, se acoplan y se perpetúan.

Se trata de la vida, se trata de reproducirla, pero reproduciéndose la vida desborda: al desbordar alcanza el extremo delirio. Esos cuerpos mezclados, que se tuercen, que desfallecen y se abisman en excesos de voluptuosidad, van en sentido contrario al de la muerte que más tarde los consagrará en el silencio de la corrupción.

En efecto, según las apariencias el erotismo está ligado para todo el mundo al nacimiento, a la reproducción que reconstruye sin fin sobre los estragos de la muerte. No es menos cierto que el animal, cuya sensualidad a veces se exaspera, ignora el erotismo.

Lo ignora en la medida en que le falta el conocimiento de la muerte. Contrariamente, es a causa de que somos humanos y de que vivimos en la sombría perspectiva de la muerte, que conocemos la violencia exasperada, la violencia desesperada del erotismo.

Es verdad: al hablar en los límites utilitarios de la razón, percibimos el sentido práctico y la necesidad del desorden sexual. ¿Se habrán equivocado aquellos que a su fase terminal le dan el nombre de “pequeña muerte”, al señalar su sentido fúnebre?

Referencias: Georges Bataille, Breve historia del erotismo.

El erotismo en la actividad sexual

En el erotismo hay un retorno gozoso a la exploración infantil de los cuerpos.

En cada encuentro erótico se reproduce la exaltación, la avidez y la intensidad como eran experimentadas en la infancia.”
“El erotismo, como se puede percibir, es el reino de la paradoja. Su vivencia extrema se produce en la relación pasional, con su característico desenfreno y violencia; en pleno desujetamiento erótico la medalla que en una de sus caras lleva inscripta la vida y en la otra la muerte, es arrojada al aire.
Su giro induce en el yo desfalleciente el vértigo de no saber de qué lado caerá, pero deseando que sea del de la vida. Por todo esto, como Uds. pueden ver, tenemos que darle la razón a Bataille: “La actividad sexual de los hombres no es necesariamente erótica.”
Referencia: http://www.colegiodepsicoanalistas.com/biblioteca-leer.asp?id=3#sthash.tS5tmSwK.dpuf

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