La piel, desde la belleza hasta el prejuicio

La piel, desde la belleza hasta el prejuicio

El cuerpo es nuestra propia obra de arte, una escultura que moldeamos cada día. Pero no somos los únicos autores de esta escultura. Ese cuerpo biográfico sucede en un tiempo histórico y cultural determinado.

Nuestros semejantes, nuestras costumbres, creencias y cultura, también hacen a nuestra conformación física.

Los hábitos de comida, de indumentaria, de belleza, dibujan tatuajes en la piel, y quedarán grabadas como en un lienzo las marcas de la paz y de la violencia, del hambre y de la saciedad, del sol y de la sombra, del frío y del calor.

Este cuerpo que nos contiene y nos desborda, que nos excede y nos limita, es la síntesis material de lo heredado, de nuestras conductas y de la impronta de los demás; en él batallan la prevención y la cura, la responsabilidad y la desidia, la falta y el exceso.

El sistema sensorial “nos aleja de lo malo, doloroso y letal”, de igual manera “nos acerca hacia lo bueno, placentero y vital”.

La expresión más profunda de placer del cuerpo es compartida con otro cuerpo y la llamamos “amor”. Existe allí una conjunción plena de mentes y sentidos.

El clásico e inexacto listado de cinco sentidos se olvida – entre otras cosas- de nuestra capacidad de percibir el equilibrio, la posición de las diferentes partes de cuerpo, los movimientos, el dolor de muelas o el dolor de un amor no correspondido.

La mayoría de los “nuevos sentidos” (sinestesia, personas que pueden oír colores, ver sonidos y tocar gustos) se encuentran directa o indirectamente asociados al sentido del tacto. El tacto, y los sentidos en general, no son un arco reflejo: hay una compleja combinación de aquello que acusan nuestros receptores y la interpretación de nuestra mente.

La piel es el territorio en que se expresa la diversidad humana. En ella se escribe nuestra historia, desde la belleza hasta el prejuicio. Sobre nuestra piel, y la del otro, posamos la mirada. La piel es un órgano en que todo se puede ver, y esos ojos que observan hacen que el corazón sienta. Y al constatar con la mirada, creemos.

La piel refleja el paso del tiempo, las emociones y la razón. Por eso nos arrugamos, nos ponemos colorados, pálidos, con la piel de gallina o sudorosos. Es nuestra parte desnuda, inocultable en el rostro o las manos. La piel es la hoja en blanco en que escribimos nuestra vida, salud, enfermedad y muerte.

Literatura escrita en el cuerpo y lectura privilegiada de la masajista. El interés antropológico por la piel y, por ende, el tacto surge porque nos conecta con el exterior, nos relaciona, nos muestra.

Es una frontera entre el universo interior y el espacio exterior, que delimita el cuerpo del yo y funda una soberanía que requiere permiso para ser franqueada (Le Breton, 2007).

Referencia: Carlos Presman, Anatomía del tacto,  Doctor en medicina. Profesor de semiología de la Universidad Nacional de Córdoba.

Fotografía: Jamie knowlton http://www.jamieknowlton.com/

Dejar un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.

USO DE COOKIES Este sitio web utiliza cookies propias y de terceros para que usted tenga la mejor experiencia de usuario.Si continúa navegando está dando su consentimiento para la aceptación de las mencionadas cookies y la aceptación de nuestra política de cookies, pinche el enlace para mayor información.

ACEPTAR
Aviso de cookies
Call Now Button