La sexualidad no es un hecho natural

La sexualidad no es un hecho natural

La sexualidad no es un hecho natural, sino que está construida socialmente, esta afirmación implica una ruptura teórica/epistemológica respecto a lo que todavía hoy es la opinión dominante a ese respecto, opinión que se ha ido constituyendo durante más de dos siglos de discursos médicos, psiquiátricos, morales y jurídicos.

El discurso legítimo sobre el sexo que se estableció desde las instancias médicas y psiquiátricas en el marco de la aparición de la sexualidad como régimen normativo (como tecnología de poder), reclamó su legitimidad sobre la base de su carácter científico, efectuando una ruptura respecto al discurso religioso y moral anterior y desplazando el sexo y la sexualidad hacia el interior de las ciencias naturales.

Este proceso de ruptura y redefinición de la sexualidad modificó su objeto de forma substancial, forma que en gran medida es la que aún presenta hoy en la mayoría de discursos que se ocupan de este objeto.

Pero, a pesar de su pretendida cientificidad, este nuevo marco discursivo se mantuvo dentro de unos límites claramente marcados y regidos por el dispositivo socio-normativo de la sexualidad al que de hecho ayudó a emerger y a consolidarse. Por ese motivo, nunca pudo tomarlo como parte del objeto que estaba analizando.

Se puede afirmar que con esta segunda ruptura también se introduce un factor de reflexividad fundamental en tanto que desde este nuevo marco, no sólo los discursos de las instancias legítimas quedan incluidos en el objeto de conocimiento, sino que el propio discurso desde el que se habla se entiende a sí mismo como parte del proceso mismo de construcción-negociación de ese objeto.

Vemos reproducida esta ambigüedad discursiva en relación a la sexualidad: de un lado, es lo más animal y cercano al orden natural que hay en el ser humano (y, por lo tanto, debe ser controlada para mantener el orden social, que de otra forma se vería en peligro); pero, por otro lado, la naturaleza se introducirá como elemento en la argumentación con la función de ligar la sexualidad a la reproducción como su única forma legítima.

Una vez constituido este marco epistemológico para lo social y lo sexual, básicamente dos posiciones, dos estrategias políticas han entrado en conflicto en su seno. En un extremo se sitúa la posición conservadora, según la cual el orden social exige del control y disciplinamiento de la sexualidad y que, consecuentemente, ha desarrollado todo un discurso y una tecnología de contención por medio de su localización, control y observación. El exceso sexual es uno de los enemigos principales, del orden social y por tanto, el deseo y el placer sexual han de ser localizados en y gestionados por determinadas instituciones (principalmente la familia, pero también la educación, la medicina, la psicología…). Lo cual no impide que este mismo discurso haya fundamentado estas instituciones precisamente en su carácter natural y haya considerado la familia (entiéndase la familia heterosexual monógama) como la realización de la naturaleza reproductiva de la sexualidad.

En el otro polo encontramos los discursos de la liberación sexual que se funda en la suposición de que la sexualidad está reprimida por el orden social, por sus instituciones. Dicha represión supone un impedimento para el desarrollo de los seres humanos y, es lógico, para la realización de su auténtica naturaleza. Esta última postura tampoco ha supuesto una negación de la necesidad de control de lo sexual, sino una crítica a las formas históricas alienantes de la sexualidad que deben ser superadas en un horizonte de liberación y realización de la esencia humana en el que el control de la sexualidad se efectúe de otra forma, contra la que el filósofo Michel Foucault va en gran parte a construir su discurso.

Ambas posiciones tienen un claro anclaje en las dos posturas “antagónicas” que se desarrollaron en la modernidad respecto a la sociedad, y pueden encontrarse con más o menos variantes en todos los ámbitos del conflicto social y sus formas de análisis -el trabajo, el género, la etnicidad-.

En la primera, una posición propiamente funcionalista-evolucionista según la cual lo social se explica finalmente por la naturaleza humana y/o por alguna de sus características fundamentales -el trabajo, la razón, el sexo-, la sociedad en cada una de sus formas históricas remite en última instancia a esta esencia ahistórica e inmutable que está en su origen. La segunda, que en principio es su opuesta -pero que en realidad es otra posición en el mismo campo de saber-poder- y podríamos llamar “funcionalismo diferido”, afirma el conflicto en el orden social: o se resuelve en un futuro de plena realización de la esencia o naturaleza humana, reduciendo en definitiva ese conflicto a las formas históricamente concretas de alienación social.

Dejar un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.

USO DE COOKIES Este sitio web utiliza cookies propias y de terceros para que usted tenga la mejor experiencia de usuario.Si continúa navegando está dando su consentimiento para la aceptación de las mencionadas cookies y la aceptación de nuestra política de cookies, pinche el enlace para mayor información.

ACEPTAR
Aviso de cookies
Call Now Button