voyeur

El sexo sentido, por Jordi Clotas (2º parte)


Cap. 7: Jueves de pasión

Me encanta la noche del jueves. Es como arañarle un día a la rutina prosaica de la semana y regalársela al week-end. Es lo contrario del domingo por la tarde, ese tramo insípido de la semana en la que entras en modo “lunes” y no disfrutas de nada de lo que te proponen. Hoy hay exposición fotográfica de desnudos en Love Stop, mi boutique erótica predilecta. Empieza a las ocho, pero decido salir antes, pasear rambla abajo e impregnarme con el olor a salitre y multitud de Las Ramblas. Las ramblas de Barcelona tienen ese encanto especial de las grandes avenidas, como la Quinta neoyorkina o alguna de las arterias de ese Tokio que algún día espero visitar. Por ahora me conformo con esta perla local en la que me siento observada por centenares de voyeurs anónimos intentando descubrir que hay más allá de unas medias de rejilla y unos ligueros que se asoman de cuando en cuando entre una falda demasiado corta y unos tacones demasiado altos. Me encanta sentirme atravesada por la mirada de esos machos alfa de uniforme que te clavan los ojos con descaro en el escote y se giran, a aro pasado, a excitarse con el contoneo de tu culo. La testosterona se palpa en el ambiente a medida que te acercas a Colón.

Me detengo a observar a un morenazo de largas melenas y rostro exótico, hindú quizá, o tal vez uno de esos italianos del norte que escapan de sus histriónicas, celosas y territoriales damiselas para que su tormento eche una cana al aire en la España más cosmopolita. Me mira. Lo miro. Aguanta la mirada y acepto el reto. Sé lo que busca. Sé lo que quiere. El mundo se detiene. La muchedumbre camina a cámara lenta y sólo existimos el fauno italiano y yo. Si nada lo estropea, cualquier esquina con portales oscuros podría darnos en breve la bendición. Pero no. Se hace de rogar con arrogancia detrás de sus Rayban y una ropa estudiadamente desaliñada. Supongo que se quedó unos años atrás, como la mayoría de italianos hoy cuarentones, en la era grunge. Como buen seductor narcisista espera que sea yo quien lo aborde. Pero Love Stop me espera. Quiero probarme un par de bodystockings. Si todo va como debe ir, en Julio me espera Cap d’Agde, la meca de los swinger, y me niego a repetir modelitos del año pasado, especialmente si Candi decide no ir y me voy como single a conquistar la pequeña Sodoma francesa.

Nada nuevo en Love Stop. (“¡Debi! ¡Bienvenida!”). Anaís y su sonrisa perenne detrás de esas gafas de bibliotecaria sexagenaria que la hacen aún más tentadora. Me entrega un par de modelos. Conoce bien mis gustos y mi talla. Sabe que no me gusta que me atosiguen. Luego regresa a su Crítica de la Razón Pura, a anestesiar una libido que cualquier mujer que trabaje en esto debería tener a flor de piel. Corro las cortinas del probador. Suelo siempre dejar un pequeño espacio para que se cuele alguna mirada, o para fantasear con ello, mientras me desnudo. No tardo en localizar los ojos de mi italiano. ¡Vaya! ¡Al final se ha dado por vencido! Se detiene y espera. Creo que en cualquier momento descorrerá la cortina, se colará dentro y me empotrará de espaldas contra la pared para tomarme en silencio, discretamente, con orgasmos de cine mudo. Pero no. Otra vez se hace de rogar. Los hombres tienen ese punto de orgullo que los hace indecisos. Esperan que sea una la que se ponga a sus pies y les ruegue que la follen. Él se lo pierde. Me visto. “Me quedo los dos”. Mi italiano se ha esfumado. Pago y salgo a fumar mientras espero que empiece el show de shibari que acompaña la exposición. No me gusta fumar en una esquina. Me imagino como la puta de un videoclip sin censura.

De repente se acerca una moto negra con  jinete  de  casco oscuro y cristal opaco. Frena en seco frente a mí, planta las camperas  en el suelo,  se quita el casco y agita su melena al viento mientras me deja espacio en el sillín.  No pregunto. Alzo las piernas,  sin importarme lo  que mi  falda  minimalista  deje  a  la  vista  de  todos,  monto  y  me marcho con mi italiano, imagino que a su hotel.El sexo sentido, por Jordi Clotas, Cap.6

Cap. 8: Fluir, sólo fluir

-Preferiría con eyaculación, ¿no?

-Como prefieras, Jan

Hombres…. Nacen con ese estigma biológico que es la necesidad de dominación en el sexo. A muchos les puede esa responsabilidad, y el miedo escénico le juega a su erección una mala pasada. Nosotras lo tenemos mejor para fingir el orgasmo. El mundo del porno nos ha legado un extenso catálogo de gestos, gritos y aspavientos histriónicos para que se sientan triunfadores, y un lubricante colocado en el momento oportuno se encarga del resto. Pero ellos no. Se lo juegan todo a la carta de ponérseles dura. Es parte de ese legado, coitocéntrico y falocrático de nuestros ancestros. Al final, no son más que primates educados en una sofisticación antinatural, a contracorriente de su instinto. Pocos son los que escogen un masaje Lingam sin orgasmo, se reservan la eyaculación para otra ocasión, y disfrutan de esa expansión de placer que es un orgasmo postergado. En ese caso, su serpiente kundalini se daría un paseo desde el perineo hasta el resto de chakra y la energía sexual colonizaría todo el cuerpo, excitando los sentidos hasta la plenitud y el autoconocimiento erótico. Pero para ellos, en general,  todo eso no es más que bobadas mitologicas. Entre quienes lo prueban, muchos acaban confesando en la siguiente sesión que prefieren la modalidad más simple, la de toda la (su) vida, a irse “con dolor de huevos”. Literalmente. Claro, llano y directo. Entonces sonrío, acepto, y me dejo fluir hasta que los fluidos hablen y aplaudan el éxtasis por el que el cliente decide estar pagando.

“Cierra los ojos”. Son tremendamente visuales. El voyerismo es parte de su estrategia de excitación, como lo es el beso y el manoseo sin delicadeza de la vagina. Cuando les niegas esos tres mitos de su concepto de interacción sexual, ellos experimentan un cortocircuito que cuesta remontar. Hay que tener talento y habilidad para hacer apetecible una comida a la que le niegas la sal y un par de condimentos más, considerados básicos por el gourmet erótico. Pero ese es el camino del masaje Tantra. ¿Para el resto? Un prostíbulo o un local de masajes “con final feliz”.

Masajeo sus pies. El pene continúa flácido, inerte, como si la cosa no fuese con él. Es el emperador de las zonas erógenas masculinas. Cuesta explicarles que el mayor órgano sexual del cuerpo humano es la piel. Para ellos son bobadas, literatura y misticismo, hasta que asciendo hacia los muslos, y rozo, al pasar por las ingles y como sin querer, su escroto. Les fascina la idea del error de cálculo, del fallo en el guion, de haber arañado algo prohibido hasta ese momento. Y entonces la sangre circula hacia su miembro, y se endurece, se eleva, desafía las leyes de la gravedad y la respiración envía al corazón órdenes de tambor desenfrenado y taquicardia. Su vello se eriza. Abren los ojos, buscando la debilidad de la masajista, incitarla a caer en sus redes de seducción y hacer saltar por los aires las normas. Pero eso no ocurre, y entonces la ansiedad de la prohibición se torna también energía erótica. El masaje tántrico tiene esas cosas: es un zigzag entre la relajación y la excitación, como en esos balnearios donde, tras bañarte en aguas muy calientes, atraviesas un pasillo en el que caen desde el techo minúsculos trozos de hielo.

Me pongo de espaldas a él. Toma mis pechos, besa mis nalgas y juguetea con la tirilla de la tanga. No puede. No debe, pero por ahí dejo escapar un par de silbidos a su olla a presión antes de que explote. Si no fuese por la tanga, las lenguas buscarían su lugar natural en la coreografía de la copulación. Respira cada vez más agitado. Gimotea. Lanza un corto lamento… y explota. Entonces sí, todo fluye, de su interior al exterior. Balbucea. Le acaricio el rostro y le doy un casto beso en la frente. Él sonríe, entre satisfecho y avergonzado. Pero su rostro es de felicidad.

Cap. 9: Vacíos

Teorizo sobre el amor y el sexo con la mirada clavada en el reloj. “La primera visita suele ser de unos noventa minutos, Sr. Francás”, me recuerda la  doctora Bel. Aborta por tanto mi estrategia de alargar demasiado más mi ponencia para agotar la consulta sin hablar de mí. O es muy astuta o, simplemente, se está aburriendo. Me corta en seco.

-¿Está usted casado?

-Bueno… tengo pareja.

-¿Hace mucho?

-Un par de años… más o menos

-¿Hijos?

-Dos. Un niño y una niña, en edad… preadolescente.

Despejo dudas: es astuta. En dos preguntas ya sabe que mi primer matrimonio fracasó, que hace dos años que busco una nueva fórmula sustitutiva, que las cosas no funcionan (¿qué hago si no aquí cuando debería estar de subidón pasional con mi nueva compañera de viaje?) y que aún hoy, probablemente, despejo interrogantes sobre lo que falló (porque ni estuve bien para mantener la anterior relación ni parezco haber encontrado respuestas en ésta).

-¿Cómo es el sexo entre ustedes?

-……..

-… frecuencia, calidad, grado de satisfacción, prácticas, fantasías…. Todo eso. No pretendo importunarle, pero necesito saber qué le ocurre exactamente. En eso consiste mi trabajo. ¿Le importa que se lo pregunte?

-No, por supuesto….

Sí me importa… ¡claro que me importa! Si fuese sincero, sabría que ayer anduve de voyeur por el casco antiguo hasta acabar en el Bagdad, en las garras de dos veinteañeras del Este que me soplaron doscientos cincuenta euros por dos copas y otros doscientos cincuenta más por una felación sin erección, de falo dando tumbos dentro de un preservativo demasiado grande para su propósito. Todo fue rápido. En cinco minutos estaba desnudo en el reservado, al lado de Escila y Caribdis, uno-ochenta de carnes firme sobre veinte centímetros de tacón. Los titanes hablaban en… ¿ucraniano? ¿Se burlaban de mi flacidez? “¿Te olvidaste el viagra, chico? Jajaja”. No hubo respuesta. Cuando quise reaccionar, la puerta se abrió sin preaviso y entró la cobradora. “Han pasado los quince minutos”. “Vamos, chico. Doscientos cincuenta más y lo volvemos a intentar. Ahora te dejaremos tocar y todo será más fácil. Déjanos a nosotras y ya verás”. Pero esta vez regresó el buen juicio a tiempo de decir “no”. Ya era suficiente la sensación de frustración y vacío como para hacerla extensible a mi visa. “Nos vamos entonces, ¿okey?”. Fumé, me vestí sin prisa y salí con discreción a la sala. Observé algún show para esperar, en vano, que algún estúpido cayera en las garras de ese par de harpías y así no sentirme tan culpable o algo menos imbécil. Pero al parecer esa noche yo debía ser el único novato, y ellas, con los objetivos del día ya cubiertos, se sentaban ya sin ansia en la barra a dejar pasar las horas. Nada de esto se sabrá jamás, así que empiezo a buscar otros datos con los que responder a mi doctora Bel.

Cap. 10: El huevo de Pandora

Lo peor de este oficio es ese momento en el que los pacientes entran en bucle. Han estado evitando respuestas concisas, mareando la perdiz, macerando evasivas… y justo cuando queda un minuto para finalizar la sesión se iluminan y se animan a sincerarse. Al paciente Francás, además, le gusta escucharse. Ha repetido en varias ocasiones la misma frase. Con el tiempo aprendes que en esa frase suele estar el inicio del problema, y que su traducción en negativo contiene la verdad, como en los mecanismos de inversión de los sueños según San Sigmund. “No tengo ningún problema con Debi. Al contrario…” Me pregunto quién es Debi. Por ahora solo sé que comparte su vida con un hombre perdido en un laberinto de confusión. Es tarde.

-Debi…

-Continuaremos el próximo día. La sesión ha terminado. El jueves que viene a las siete de la tarde, ¿le va bien?

-No lo sé. Creo que sí. Llamaré en cualquier caso para confirmarlo. De momento no apunte nada.

En ese momento sé que el señor Francás ha venido dos veces: la primera y la última. Paga en efectivo y se despide con un ambiguo “hasta la próxima” que interpreto como un “hasta nunca”.

Me espero cinco minutos. No quiero encontrarme en la calle con él, camino del parquin. Me entretengo mirando el whatsapp y me llama la atención un mensaje de Freddy, que no suele últimamente prodigarse para evitar preguntas comprometidas sobre dónde está ni con quién. Lo abro y encuentro una imagen que me revuelve el estómago. Es una foto de un huevo con un aborto de pollito dentro y al pie un comentario estúpido: “Hoy cenamos huevo frito con pollo jajajaja”. De regreso a casa, con la imagen del animal dentro de la cáscara y a medio hacer, me impregna un sudor frío y unas incomprensibles ganas de llorar. Tengo que parar el coche, bajo la ventanilla y acabo saliendo fuera urgentemente antes de que un par de arcadas me dejen el coche perdido. Pero tengo el estómago vacío. Cuatro convulsiones preceden a un grito histérico y a un llanto que no puedo detener. ¿Por qué no intenté volver a quedarme embarazada? Y con esa pregunta, yendo y viniendo como un péndulo, me planto en casa, respiro hondo, y me decido a abrir la puerta. Dentro me espera Freddy.

-¿Has visto la foto? ¡Qué fuerte! ¡Lo he guardado hasta que llegaras! ¡No lo había visto nunca!

-Tíralo. No quiero verlo. Me da asco

No me gusta llorar delante de Freddy. Su escasa inteligencia emocional lo deja sin reacción ante mis lágrimas, con cara de bobalicón. A veces creo que mi debilidad le excita. Es una parafilia habitual entre los hombres llamada dacrilagnia, pura erótica de poder. Les retorna la sensación de dominio primitivo, y pretenden atajar el llanto femenino con un buen polvo. Esta vez no es ninguna excepción. Me tumba en el sofá. Odio mi olor a sudor, pero a él no parece importarle demasiado. Me alza en volandas y me lleva hacia la habitación. Me siento esclava de mi falta de aplomo para decir “no”, hasta que al paso por la cocina veo el huevo al lado de la encimera y, entonces sí, vomito. Freddy se queda pasmado, limpiando la bilis de su camisa. “¿Qué haces?”, grita. No puedo responder, la asfixia no me deja articular ni una palabra y retomo mi llanto como forma de expresión, hasta que consigo calmarme. De repente, Freddy se transforma ante mí en un ser extraño, como una legión de infinitos defectos reptando sobre un esqueleto muerto.

-No aguanto más, Freddy. Recoge tus cosas, por favor. Quiero que te marches. ¡Ahora!

Capí. 11: Ristretto

El Sexo Sentido. Cap 11. Ristretto

El Sexo Sentido. Cap 11. Ristretto

Cuando duermo en cama ajena, me gusta madrugar. Es una costumbre que tiene algo de ritual de limpieza energética. Espero que los primeros rayos de luz se filtren entre las persianas y salgo a saludar al sol. El móvil aún duerme. Candi no ha llamado ni ha escrito. Creo que en el fondo sabía que ayer me ausentaría. Algo no anda bien entre nosotros, pero aún no sé exactamente qué. Quizá la relación nunca empezó a andar, ni bien ni mal. Cada vez tengo más claro que me hace responsable de su fracaso con Irene, pero eso es algo que debe resolver por sí mismo. Espero que la doctora Bel le ayude. De lo contrario, uno de los dos no tardará en pronunciar esa frase clásica que preludia las rupturas: “quizá mejor darnos un tiempo”.

Es pronto. Algunas panaderías de Paseo de Gracia alzan las persianas y plantan en las aceras mesas y sillas. Odio el frío y desagradable contacto del metal en los muslos y las nalgas. Pero da igual.  Me apetece el primer café con el aire en el rostro y el sabor del fogoso italiano aún en los labios. Su sexo era desesperado y ansioso, sin demasiados prolegómenos ni en la primera, ni en la segunda, ni en la tercera y definitiva embestida, tras la que se ha dormido con un cigarrillo apagado en los labios. ¿Debería haberme despedido? Quizá una nota no hubiese estado de más, pero pienso que despedirse es como decirle al otro que ha quedado algo pendiente de resolver y que aceptas esa deuda. En eso soy más francesa que italiana. Una salida silenciosa, sin apuntes a pie de página ni expectativas de segunda oportunidad, me libera de compromisos futuros. El tiempo ya se encarga de esas cosas cuando le interesa.

El sol empieza a cambiar el color del paseo. Descubro dentro de un coche aparcado una silueta que se revuelve, planta los pies sobre el salpicadero, los vuelve a quitar, baja la ventanilla, fuma, desaparece y vuelve a aparecer. Otra víctima de noches agitadas que finalmente decide poner los pies sobre el asfalto, desperezarse, organizarse los cabellos con algo similar a un peinado. Se acerca y se sienta en la mesa contigua. Me mira fijamente y se ocultar tras sus gafas de sol tras dedicarme un gesto de irónico desprecio que no viene a cuento. En fin, no estoy para enigmas.

-¡Buenos días, Freddy! ¿Un café largo?

-No, Sebas. Mejor dos cortos.

-¿Todo bien?

-No… ya te contaré

Debería asearme un poco. En la oficina guardo mi traje de ejecutiva en el armario de urgencias. Hoy toca visita de los propietarios de un nuevo hotel a pie de los canales de Venecia, y hay que estar presentable. Me ofrecerán visitarlos. No estaría mal pasar unos días en Venecia. La ventaja de tener en una agencia de viajes es que puedes olvidar a menudo dónde acaba el trabajo y dónde empieza el placer. Me dispongo a pagar. Hurgo en un bolso lleno de inutilidades hasta que encuentro mi monedero, un caótico organizador de monedas de distintos países que suelo guardar como recuerdo y oculta los euros cuando los necesito.

-¿Me cobras, Sebas? Un ristretto.

-Ya está pagado- responde tras una sonrisa socarrona, mirando hacia el interior del local.

-¿Cómo? ¿Quién…?

-No sé quién es, pero lleva alzacuellos Supongo que un cura que de algo te conoce, ¿no?

Cap. 12: La Dialéctica del Poder

Necesito una ducha urgente. Jan me ha dejado agotada. Los hombres con ese toque Yin, complejos y oscuros, sacan lo mejor y lo peor de mí. Por eso prefiero la simplicidad del tío rudo, simple, de erección fácil e ideas claras. Sabe lo que busca, aunque a menudo confunda lo que es una masajista tántrica con una prostituta con cierta gracia en el tacto y la coreografía. Intento convencerme de que esa confusión no me afecta, pero no es cierto. Lo es cuando entro en modo racional, y me centro en el objetivo de que regrese lo antes posible. Pero empieza a serlo menos cuando me pongo en modo emocional.

A menudo me arrepiento de no haber acabado la carrera. Hoy sería una psicóloga industrial. Trabajaría para una gran empresa y conocería a uno de los tantos “hombres de mi vida”, hasta que la pasión se agotara. Tendría una personalidad pública, con sus éxitos y sus fracasos, con sus emociones más o menos desbocadas. Echo de menos esa vida de “fuera del armario”. Una masajista tántrica no asume con facilidad salir a la luz de la normalidad para decir en voz alta: “Sí, soy masajista tántrica, y estoy orgullosa de ello, ¿algún problema?”. Al final te vence la moral, el juicio sumarísimo de tu entorno, de los tuyos, y acabas viviendo una vida furtiva, como un polizonte en tu propia nave. Tu “personajeidad” acaba devorando las horas un día tras otro, y la máscara se te pega al rostro, como al actor que de tanto interpretar su papel sucumbe a una crisis de identidad en la que el personaje decide interpretar al actor. A veces me gustaría despojarme del disfraz de masajista en mitad de una sesión y dejarme llevar, ser mujer en lugar de un mero canal erotizante, entregarme al placer. Y eso ocurre raramente, y normalmente sin que lo hayas previsto.

Un día se presenta un hombre maduro, silencioso, con una mirada penetrante, acostumbrado a jugar un papel activo en el arte de la seducción. Aparentemente se pone en tus manos y eres tú la que pareces controlar la situación. Pero hay un momento en que el juego de poder se invierte. Su falta de reacción lleva al límite tus fórmulas para excitarlo, tanto que acabas temblando de ansia. Te rompe los esquemas. Pierdes el control y el placer que pretendes generar pasa a dominarte, se vuelve contra ti como un boomerang y entras en una espiral de deseo irrefrenable. Pierdes las riendas. Él sigue sin responder, y esa inesperada pasividad te lleva a enloquecer. Esperas un contacto que no llega, una reacción, un tacto cálido que te convenza de que lo estás sacando de su sobriedad, de que estás desarmando su fortaleza, su pose de casto asceta condenado a un voto de castidad que parece hacerlo inaccesible. Lo que debía haber sido un masaje más acaba convirtiéndose en un reto. Y en esa locura la fantasía se desboca, tu coreografía enloquece y llega un momento en que la excitación es tal que chorreas, y tienes que acallar un grito orgásmico que te descubre víctima de tu propia voracidad erótica.

He aprendido a enmudecer mis jadeos cuando las cosas se complican. ¿Se habrá dado cuenta? No me atrevo a abrir los ojos. Sé que ahora mismo el azul intenso de los suyos me arrastraría hacia las provincias de la entrega, y no puedo ni debo aceptarlo. ¿Ética profesional? ¿Moral? No lo sé. Lo que sé es que es absurdo demorar el cruce de nuestras miradas y su presumible gesto de decepción. Quizá sería yo la que debería pagarle hoy. Me ha vencido. Me siento derrotada en un juego que yo misma he inventado, y me cuesta aceptar esa derrota. Abro los ojos y los suyos se me clavan fijamente sobre una irritante sonrisa de benevolente condescendencia. Antes de que le pregunte si le ha gustado, se me adelanta con un “¿estás bien, Maya?”

-Sí… claro. ¿Y tú?

-Estoy bien- susurra incorporándose, evitando mi mirada-. Volveré mañana a la misma hora.

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