Y en materia de sexualidad?

Y en materia de sexualidad?


 

Cita: Michel Onfray , “Teoría del cuerpo enamorado” Y en materia de sexualidad?

¿Y en materia de sexualidad?

“Los mismos principios: no prohibirse nada salvo lo que contraviene la paz del alma construida con paciencia y hábitos continuados. Chicos y chicas, jóvenes y no tan jóvenes, bellos o no, sagaces o no, únicos o múltiples, sucesivos o contemporáneos, yuxtapuestos o simultáneos, no importan los amores con tal que se practique un Eros ligero, “accesible y fácil” dice Horacio -punto focal de todo libertinaje desde su origen hasta nuestros días-.

La ligereza triunfa como virtud cardinal, como principio constructor del querer libertino: no infligir nada y no soportar nada pesado, huir tanto de la pesadez impuesta como de la pesantez sufrida. Querer la vivacidad, la sutilidad, la delicadeza, la elegancia y la gracia prohibiendo (se) radicalmente la menor onza de peso en la relación sexuada y sexual, amorosa y sensual.

Una historia resulta libertina cuando conserva absolutamente, hasta en los menores detalles, la libertad de uno y de otro, su autonomía, el poder de ir y venir a su antojo, de utilizar su poder nómada.

Es pesado lo que fija, inmoviliza y nos vuelve sedentarios. Lo que pide cuentas, lo que exige un derecho de inspección y nos somete a la presión de una voluntad tercera. Lo que otorga a las pulsiones de muerte un poder exorbitante en la intersubjetividad.

Lo que abate las alas de Eros y trata de echar por tierra el capital aéreo y primero de toda historia amorosa. Lo que hace surgir las demandas de explicaciones, las propuestas de justificación, las invitaciones de las promesas, las fantasmagorías regresivas e infantiles en el momento mismo del presente puro. Lo que deja plenos poderes al odio a sí.

Lo que hipoteca el porvenir y quiere la clausura. Lo que quiere la eternidad cuando debe triunfar el instante. Lo que se instala para siempre.

En cambio, el cuerpo ligero, el Eros suelto, el vitalismo quintaesenciado, la sexualidad desculpabilizada y la carne gozosa subrayan la dimensión eminentemente lúdica de todo libertinaje.

Allí donde el ideal ascético inflige la falta, la culpabilidad, el dolor, la condena, el temor y la angustia, el ideal hedonista promueve las virtudes del juego: la voluptuosidad del azar deseado, el deleite del conflicto sublimado, el placer del teatro interpretado, la sensualidad del vértigo asumido.

La erótica solar se apoya en una formidable voluntad de goce cuyo principio axiomático supone un gran sí a la existencia, una doble y mutua aceptación inmediata de las fuerzas que nos agitan y amenazan desbordarse”.

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